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Cádiz en el siglo XVIII

Los antecedentes

Todo se remonta a los tiempos de la batalla de Trafalgar, acontecida el 21 de octubre de 1805. Tras ella, las fuerzas navales españoles quedaron muy mermadas debido principalmente al gran número de barcos perdidos así como la pérdida de marinos, por lo que esta batalla no hizo sino ahondar más en la armada española. España volvió a estallar con la ocupación de Dupont en Cádiz, por órdenes de Napoleón quien pretendía de esa forma recuperar parte de su flota. La delicada situación de la marina española contribuyó a que muchos de sus miembros se cambiaran a las fuerzas terrestres. La decisión ayudó a que la Armada española no recibiera ningún buque construido en España durante los seis años de la Guerra de Independencia (1808-1814). España selló la paz con Francia en el Tratado de Valençay y Fernando VII era reconocido por los franceses como rey de España. Su reinado duró diecinueve años vino marcado por una gran crisis y decadencia en varios aspectos. En cuanto a la marina, en el año 1815 se instituyó un decreto que restauraba, nuevamente, el Almirantazgo de Ensenada y Godoy. España estaba necesitada de buques y no podía olvidar a su armada en detrimento, exclusivamente, de las fuerzas terrestres. La situación provocó que se buscaran navíos de guerra y transportes como fuera, sin importar la forma de conseguirlos. Años más tarde el Almirantazgo fue disuelto. En 1817 se estableció un Programa Naval que recogía la necesidad de tener: 30 fragatas, 18 corbetas, 20 navíos, 18 goletas y 26 bergantines. Para ello se recurrió a Francia e Inglaterra y fue Honorato Bouyon, Jefe de escuadra de la Real Armada Española, quien lo gestionó. Consiguió el Nereida, La Galga y las dos corbetas María Isabel y María Francisca, todo por cerca de 5.150.000 reales. Poco después se procedió a una nueva adquisición, esta vez a Rusia pero, a diferencia de la anterior ocasión, sin saberlo los marinos profesionales y sin el conocimiento de muchos cargos que debían estar al tanto. Fue una estrategia del propio rey.

Retrato de Fernando VII

Retrato_rey_Fernando_VII-_Alcázar_de_Sevilla

Fuente: Wikimedia

El inicio de las negociaciones

Una vez contextualizada la situación y mencionados los antecedentes más relevantes pasamos a ver realmente cómo se desarrolló esa adquisición española mediante el reinado de Fernando VII. Se dice que realmente lo que llevó a que el monarca español decidiera aceptar la compra de buques rusos responde a su desconocimiento en la materia y que fue llevado a esta situación por dejarse influir por gente de su entorno que estaba interesada en que se produjera. La situación en España en esa época era muy delicada y esta maniobra no hizo sino más que ahondar, si cabe, en un país que vivía empobrecido. Por tanto, el carácter influenciable y manipulable del monarca fue uno de los motivos que provocó la compra. Algunas de las personas que “recomendaron” al rey la compra fueron: Blas de Ostolaza (confesor del Infante don Carlos) y Pedro Gravina (nuncio del Papa), entre otros. También apareció en escena el embajador ruso en España, Dmitry Pavlovich Tatishchev, que era buen amigo de Fernando VII y quería convencerlo a toda costa.

Dmitry Tatishchev


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Fuente: Jimcd

El inicio del proceso se produjo en marzo del año 1816 cuando el monarca, a través del embajador Tatishchev, se comunicó con el zar Alejandro I para hacerle llegar la decisión de comprar barcos de guerra con el objetivo de “dominar las Colonias”. Pero Rusia no dejó escapar la posibilidad de sacar cierto rédito a la situación de un posible acuerdo de venta y, más concretamente, a sacar ventajas comerciales en lugares como California, aunque España no estaba para comprar a cualquier precio. En junio de 1816 Antonio Ugarte, agente de la embajada rusa, se reunió en Madrid con Tatishchev con el objetivo de informarle de la necesidad del monarca en conseguir una escuadra preparada y armada para entrar en acción inmediatamente. La cantidad fue variando durante el proceso, pero finalmente se llegó a un total de 11 buques. Tal y como mencioné anteriormente los distintos cargos que, en teoría, debieron estar informado en todo momento no lo estuvieron y la operación fue llevada casi en secreto. Fue por filtraciones de la prensa cuando se empezaron a informar los distintos miembros de confianza del monarca, como el diario londinense Morning Chronicle, entre otros.

En 1817 Francisco Cea Bermúdez (miembro que representaba a España en Rusia) le hace llegar al monarca un comunicado en el que se expone una condición básica: que el proceso debe limitarse únicamente a una compra-venta normal, sin otras intenciones como, por ejemplo, darle un carácter exclusivo a las relaciones hispano-rusas. Todo eran proposiciones pero aún no se había acordado nada concreto sobre la compra. El embajador Tatishchev mantiene una reunión el 11 de agosto de 1817 con Francisco de Eguía para cerrar la primera compra de barcos rusos, una operación que, como comenté, no fue bien vista ya que quienes debieron de ser informados no lo fueron. Hablo del Secretario de Estado, Pizarro; los miembros del Almirantazgo y Figueroa (Ministro de Marina). Fruto de ese desconocimiento Pizarro y Figueroa estaban perfilando una operación de compra a Francia pero no llegó a buen término, ya que según señaló Fernán Núñez (embajador español en Francia) el principal obstáculo estribaba en la negativa de Francia a que el pago de los barcos quedara descontado de las reclamaciones de guerra a Francia.

Retrato del Castillo de San Miguel en San Petersburgo. Autor: Fiódor Alekséyev

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Fuente: Jimcd

La compra

Fernando VII, por su parte, veía con buenos ojos la operación con los rusos, que constaba de la siguiente adquisición: 3 fragatas y 5 navíos que costaron un total de 13.600.000 rublos. Parte del gasto fue sufragado por Inglaterra que debía abonarle a España 400.000 libras tras la abolición del tráfico de esclavos en África (Convenio de Viena). España pagaría a Rusia la cantidad total señalada por esa compra. El acuerdo traía consigo una serie de condiciones básicas: los barcos, antes de llegar a España, debían parar antes en puertos ingleses o que todos los pagos debían realizarse, de forma directa, de Londres a San Petersburgo. El acuerdo tenía una serie de inconvenientes para los intereses españoles como, por ejemplo, la obligación de que España tenía que asumir los gatos de repatriación de marineros rusos y otra serie de gastos que conllevaban un importante montante final. Pero el acuerdo tenía muchas lagunas, y un hecho complicó la situación: los plazos de pago no se cumplieron y se cuenta que desparecieron una cantidad cercana a las 200.000 libras en circunstancias extrañas.

Fuentes consultadas:

Fuente: Historia de Iberia Vieja

Fuente: Ocultismocadiz

Fuente: Singladuras

 

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